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Carmen Rivera de Alvarado

Nació en 1910 en Vega Baja y murió en 1973. Se destacó como maestra, escritora, trabajadora social y patriota. En Puerto Rico, como pionera de la profesión de trabajo social, fundó y fue la presidenta del Colegio de Trabajdores Sociales. Tuvo un papel destacado en la lucha por darle a la mujer puertorriqueña una participación activa en los afanes del pueblo para romper las barreras del prejuicio. Se destaca dentro de la profesión por ser la primera en visualizar la necesidad de que el trabajo social trascendiera la rutina meramente remedial. En el 1930 se inició como trabajadora social, siendo una de las primeras 28 trabajadoras sociales en Puerto Rico. En la Universidad de Puerto Rico, fundó y dirigió la primera oficina de servicios para el estudiante en el 1943. Su presencia fue notable en los campos de los derechos civiles, retardación mental, prevención y tratamiento del cáncer, salud mental, bienestar de la familia y delicuencia juvenil.

Carmen posee una de las citas mas emblemáticas en la profesión de Trabajo Social en la que expresó: “soy Trabajadora Social precisamente porque creo que no existe justificación posible para la explotación del ser humano por el ser humano, porque creo en el Derecho Inalienable que tiene todo ser humano a la vida, al bienestar y a la consecución de la felicidad”

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Fuente: Universidad de Puerto Rico Recinto de Río Piedras salón de la Fets (Federación de Estudiantes de Trabajo Social)

¿Cuál es nuestra visión hacia un deambulante?

             Las personas miran a los deambulantes o desacomodados sociales como seres alienígenas cuando en realidad son seres humanos, ¿o no? ¿Qué es un ser humano? Un ser humano es un ser vivo que posee capacidades mentales que les permite aprender, inventar y utilizar lenguajes complejos, pero aparte de eso es un ser vivo que siente y padece. También deberíamos tener bien claro: ¿qué es un deambulante? Se considera deambulante a la persona que carece de una vivienda adecuada, vive en la calle o pernocta en un lugar público no apto para este uso. Con esto podemos dejar más que claro que no todo deambulante consume sustancias controladas o es un desviado social, aunque por parte de la sociedad esa distinción no existe.

            Al transitar por las calles los vemos y actuamos como si fueran invisibles. Caminamos solo mirando hacia adelante y esquivando al “tecato” que se encuentra tirado al ras del contén, para no pisarlo, aunque lo esquivemos como mismo hacemos cuando vemos una lata o cualquier otra desperdicio. “El que se daña es porque quiere”. “El tuvo la misma oportunidad que yo y mira donde está”. Si aceptamos estos comentarios como válidos, perpetuaríamos los mismos, y no haríamos ningún tipo de cambio. Qué tal si planteamos, aunque también podríamos asegurar, que no todos en una sociedad han tenido las mismas oportunidades. No necesariamente tendríamos que referirnos a un mal trato por parte de la vida, o un mal núcleo familiar, malas amistades o inmadurez por parte del individuo.

            Se ha perdido el sentido humanista y compasivo en las personas, y los padres no se lo inculcan a sus hijos, que en el transcurso de su crecimiento se va reflejando en su juventud y se reproduce a flor de piel en su adultez. No tan solo se refleja la dejadez sino que la apuesta desmedida a la insensibilidad. No necesariamente hablamos de hacer una propuesta comunitaria o de caridad; no todos tienen la determinación, compromiso o están mentalmente preparados, pero si hablamos de tener claro que un deambulante no deja de ser un ser humano por ser un deambulante. Por otro lado para lograr un entendimiento del tema no hay que optar por despertar el lado filosófico de las personas sino alardearle a sus ínfulas de inconsciencia que existe la sensibilidad y que un ser humano que deambula no es una cosa, un “tecato”, o un “drogadicto”.

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            En una ocasión iba transitando por la ave. Barbosa en San Juan; allí se encontraba un deambulante. Era tarde en la noche y él (el joven dembulante), se mantenía todo el tiempo haciendo mímicas de movimientos de baloncesto y voleibol. Me detuve a echar gasolina y me pareció raro que no se me acercara a pedirme dinero. De repente lanzó un papel hacia un zafacón y falló al intentar encestarlo.

Me miró y dijo:

–          Falta de práctica.

Yo asintiendo sonreí y pregunté. – ¿Jugabas?

–          Sí, pero por cosas de la vida, eso ya pasó. (con una sonrisa entre dientes y cabizbajo contestó)

–          ¿Cosas de la vida o decisiones erróneas? Pregunté.

Moviendo su cabeza de lado a lado contestó. – yo era voleibolista y jugué en varios equipos. Hace más o menos tres años tuve un accidente y estuve en coma un tiempo. En el hospital me daban pastillas pa’ los dolores, viejo… me daban pali y pelco. Cada vez que yo decía “hay”, me daban dos pastillas. Me “juquié” con esas pastillas sin darme cuenta y cuando me dieron de alta, al segundo o tercer día comencé a sentirme mal. Sudaba, vomitaba, me sentía tembloroso y me di cuenta que estaba rompiendo vicio. Chico, yo soy de aquí, pero no tengo familia en Puerto Rico, to’ se fueron pa’ya fuera y cuando hablo con ellos no me atrevo a decirles en la situación que estoy. He busca’o ayuda, pero el vicio es fuerte… yo estudiaba en Sagrado y tenia beca deportiva; lo perdí todo, mi novia, amigos y futuro. No robo ni pido. Ayudo a la gente que viene al “car wash” y me gano lo mío. Mírame, ¿qué edad tú crees que tengo?… tengo 24 años… ¡soy un chamaquito y no sé qué hacer! Llevo en este vicio dos años más o menos y parezco un viejo.

            Podrán existir un sinnúmero de excusas en su historia y podemos alegar quizás falta de determinación de su parte, pero ¿cuántas personas le preguntaron su historia antes de lanzarle una mirada despectiva o un comentario insultante? Juzgue usted, sin entrar en discusión si su historia es cierta o cuanto de ficticia tiene; si deberíamos llamarlo “tecato” y no tratarlo como un ser humano que siente y padece.