Un gringo que le ofreció la independencia a Puerto Rico

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             Como consecuencia de la muerte del coronel norteamericano E. Francis Riggs (jefe de la policía insular de Puerto Rico) el 23 de febrero de 1936 en la calle Allen, San Juan, quien fue herido en el pecho de un disparo hecho, primero, por el joven puertorriqueño (nacionalista) Hiram Rosado, y, después, cayó muerto al dispararle el joven (también puertorriqueño y nacionalista) Elías Beauchamp. El senador de Maryland, Millard Tylling, en su carácter de presidente del Comité de Asuntos Insulares del Senado, presenta en Washington un proyecto, punitivo en la mayoría de sus aspectos, para conceder la concluyente y rápida separación de Puerto Rico de los Estados Unidos o la prosecución del régimen colonial que existía en Puerto Rico (el Proyecto Tydings ofrecia una alternativa injusta y las difíciles condiciones que el mismo imponia parecía que habían sido establecidas con el deseo deliberado de obligar al pueblo de Puerto Rico a escoger entre la independencia con ruina y hambre, o la continuación del presente inaceptable status co­lonial). Albizu Campos acepta desde luego la independencia, pero rechaza una consulta plebiscitaria al pueblo puertorriqueño sobre el particular, por considerar que la celebración de un plebiscito dentro de un país intervenido como el nuestro no podrá nunca reflejar la auténtica ansia de libertad del pueblo. Barceló, luego de exclamar “que venga la independencia aunque nos muramos de hambre”, se retracta y opta por parlamentar con Washington.

            Es interesante como la independencia de Puerto Rico, que solo merecía el desprecio y la negativa rotunda tanto de los líderes del Congreso norteamericano como de los presidentes de la nación norteamericana, cobra median la acción de Beauchamp y Rosado una fuerza inusitada ante la opinión nacional e internacional; una fuerza mayor aun que todas las comisiones enviadas a Washington a lo largo de tres décadas, más que todas las declaraciones de todos los políticos que había argumentado sobre el tema del estatus en este periodo, un acto heroico de dos jóvenes puertorriqueños dispuestos a sacrificarlo todo por la liberación absoluta de su patria, pone en jaque al gobierno colonial. Lejos de amilanarse el gobierno colonial ante el reto, éste responde con un aumento sustancial de su actividad represiva. El secretario del Interior, Harold Ickes, siguiendo instrucciones del presidente Roosevelt, hace la decisión pertinente: los nacionalistas y Albizu Campos deben ser encarcelados. En consecuencia, éstos son encausados por un gran jurado en la Corte Federal (norteamérica) presidida por el juez Cooper. Llevaron la acusación de sedición y de “conspirar para derrocar al gobierno de Estados Unidos por la fuerza y la violencia” el fiscal federal J. Cecil Anyder. Como podemos ver estos cargos tenían un carácter eminentemente político.

Fuente: Datos obtenidos del libro: Puerto Rico: una interpretación histórico-social.

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